domingo, 13 de abril de 2014

CONOCIMIENTO vs SABIDURIA


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Veritas enim non tacebo

Una ignorancia reconocida, y enteramente crónica, nos hace ser buscadores impenitentes de un millar de conocimientos; sabedores de un inacabable final.

El indagador de Conocimiento no tiene porqué ser un sabio en ciernes: meramente es un buscador, un poseedor, un administrador, un gestor del mismo... pero... ¡nada más!

El sabio, que verdaderamente ha sido reconocido por los demás, escudriña  sentido a su propia existencia, por transcendencia, la de los demás y, como fin último, la totalidad del universo.

El Conocimiento ocupa un espacio inconmensurable e infinito en el tiempo.

La Sabiduría no es espacio, ni es tiempo. La PERSONA que está imbuida de Sapiencia busca acomodarse, lo más armónicamente posible, con el entorno. Es decir: entenderlo sin intentar cambiarlo. Y para ello se bastará, simplemente, de la Verdad.


Santiago Peña


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sábado, 15 de febrero de 2014

¿NOS ENCAMINAMOS HACIA SOCIEDADES DISTÓPICAS?


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Veritas enim non tacebo



Antes de nada, definamos que significa Utopía: Plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación (DRAE). En tanto en cuanto que, el concepto de Utopía, no debe admitirse, sólo, como algo puramente imaginario, sino como susceptible de ser llevado a la práctica.


Distopía como antítesis de Utopía


Distopía es el vocablo usualmente usado como antagónico al de Utopía y, aunque semejante a una sociedad hipotética diferente a la nuestra, lo hace con una concepción marcadamente nociva, o regresiva, para los intereses del género humano. La significación de Utopía vincula un colectivo, gobierno o propósito encomiástico, aunque quimérico; en una Distopía, por el contrario, la vieja frase de la ciencia ficción “esto es lo que podría ser” establece la visión fundamentadora de un mundo irremediablemente más negativo que el actual.

Los ejemplos de Distopías son, invariablemente, impresiones de sociedades futuras y contienen, normalmente, un fin pedagógico: el de revelar hacia donde se dirigen los pasos de la humanidad si el escenario no se enmienda, o regenera, de una forma contundente. En considerables situaciones, este fin didáctico, se obtiene a través de la sátira o la ironía. Los relatos de inspiración distópica iniciaron su andadura en las postrimerías del siglo XIX, y se han mantenido, invariablemente, hasta el presente. Los mismos nos hablan del temor, del temor al surgimiento de una comunidad tutelada por una élite dirigente que humilla a la PERSONA, de una u otra forma, y, por lo tanto a través de su mensaje, se rebelan contra los diversos sistemas políticos, económicos o sociales imperantes del momento: socialismo, comunismo, capitalismo, fascismo, feminismo, plutocracia, teocracia excluyente, antiecologismo,…etc.


Definición de Distopía


Originalmente, una Distopía (antiutopía o, también llamada, cacotopía), es una comunidad socio-política, con estructuras de estado, recreada –en teoría- artificialmente y aborrecible per se. Esta sociedad (o civilización) distópica acostumbra a ser introducida mediante una ficción literaria, artículo, poema, cómic, teatro o película.


Génesis del término


El significado de "Distopía" deriva del ámbito anglosajón. En cuanto a la etimología, la expresión se cimentó a partir del griego "Distopía" (dis-topía), es decir, del prefijo adverbial "dis" (mal) y del sustantivo "topos" (lugar). Este vocablo (que, a día de hoy, no está reconocido por la Real Academia Española)  germinó en la lúcida mente del filósofo y politólogo británico John Stuart Mill (Londres, 20 de mayo de 1806 — Aviñón, Francia, 8 de mayo de 1873), quien también empleaba el sinónimo (creado por Bentham) Cacotopía, del adjetivo "kakós" (malo), al mismo tiempo. Ambas palabras se basaron en el término Utopía, acuñado por el pensador, teólogo, político y humanista inglés Tomás Moro (Londres, 7 de febrero de 1478 – Ídem, 6 de julio de 1535) como ou-topía ("no-lugar"), es decir, “lugar que no existe”, normalmente descrito en términos de una sociedad perfecta o ideal. De ahí, entonces, se deriva Distopía, como una “utopía negativa”, donde la realidad transcurre en términos antitéticos a los de una sociedad perfecta. Comúnmente, las diferencias entre «Utopía» y «Distopía», dependen de la visión subjetivista del autor de la obra o, en algunos casos, de la percepción del propio lector (o espectador), que califique el contenido referido como estimable o inestimable.


Ejemplo de sociedades utópicas


A lo largo de la historia hay un número importante de novelas, y ensayos, que nos describen ciudades-estado “idílicas”. No obstante, destacaremos las tres, de época renacentista, que más huella han dejado en los “nuevos”, y casi periclitados, sistemas políticos de los siglos XIX y XX, respectivamente.

En primer lugar mencionaremos  “Dē Optimo Rēpūblicae Statu dēque Nova Insula Ūtopia” (en castellano, Libro Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía), del ya referenciado Tomás Moro, publicada en 1516 (o 1518). La obra se divide en dos piezas. La primera es un diálogo que se desarrolla (en esencia), sobre vertientes de carácter filosófico, económico y político en la Inglaterra coetánea al autor; la segunda es la parte narrativa, en sí, que, uno de los personajes del diálogo, realiza de la isla de Utopía. A fin de cuentas, trata de cómo una comunidad pacífica, que establece la propiedad común de los bienes (socialismo primigenio), en contraste con el sistema de propiedad privada y la relación conflictiva entre las sociedades europeas contemporáneas, o de la necesidad de cómo relacionar la filosofía y la política, de aquella época, para la máxima obtención del bien común.

En segundo término hablaremos de “La città del sole” (La ciudad del sol), del dominico italiano Fray Tommaso Campanella  (Stilo, Calabria, 5 de septiembre 1568 - París, 21 de mayo de 1639), que fue escrita en 1602, pero no fue publicada hasta 1623. Al igual que la anterior, se desarrolla en forma de diálogo entre un afamado almirante genovés y el Gran Maestre de los Hospitalarios. El hombre de mar narra al caballero cómo se vio forzado a desembarcar en la Isla de Taprobana, donde los nativos lo llevan a la Ciudad del Sol, que está cercada por siete grandes muros, destinados  cada uno a un planeta del sistema solar. En la cúspide del monte se halla un edificio dedicado al culto del Sol. En síntesis, es la idealización perfecta de una sociedad social-teocrática.

Y, por último, nos referiremos a “The New Atlantis” (La Nueva Atlántida), escrita, entre 1624 y 1626, por el filósofo (padre del empirismo), político, abogado y escritor Sir Francis Bacon (22 de enero de 1561 - 9 de abril de 1626), primer barón de Verulam, vizconde de Saint Albans y canciller de Inglaterra. Fue publicada en 1627. En este inconcluso relato se nos narra, en primera persona, el viaje a una ciudad-estado mítica, llamada Bensalem, en la que los ciudadanos mejor preparados para la ciencia dirigen una especie de universidad del saber, llamada “la Casa de Salomón”. El método de obtención del conocimiento es, como es obvio, el de la inducción en forma de experimentos científicos. Es decir, el pleno desarrollo del empirismo en nombre de la ciencia y la tecnología.

Si Tomás Moro y Campanella, siguiendo al canciller inglés, propugnan la idea socialista, Bacon cree advertir la solución del problema económico y social en el creciente desarrollo de la ciencia, Ésta ha de dar respuesta a todas las cuestiones humanas, incluyendo las relativas a cómo crear y cómo distribuir la riqueza. La ciencia como maestra de la Vida.           

Ejemplo de sociedades “ficticias” distópicas


La Distopía es uno de los subgéneros más propagados de la ciencia ficción.

La más conocida es casi sin duda “1984”, de George Orwell, que retrata espléndidamente un indefinido futuro de la humanidad, fragmentada en tres megaestados de perfil claramente neofascista.

Otras obras muy sugestivas son: “Mercaderes del Espacio”, de Cyril M. Kornbluth y Frederik Pohl, una burla frente al capitalismo y la omnipresente publicidad; “Todos sobre Zanzíbar”, “El rebaño ciego” y “Órbita inestable”, tres distopías de John Brunner que tratan respectivamente la superpoblación, la contaminación y el armamentismo; “El cuento de la doncella”, de Margaret Atwood, un enfoque feminista de una teocracia absolutista en los EE.UU. (tema ya clásico tratado en su momento por Heinlein en “Si esto continúa...”).

Como es lógico, las Distopías, también han sido reproducidas fuera del ámbito literario.

En el campo del cine un buen ejemplo es “Soylent Green” (1973), adaptación de la novela “¡Hagan sitio, hagan sitio!” de Harry Harrison, que trata, de igual manera, de la superpoblación.

Dentro del campo del cómic el ejemplo paradigmático es la aclamada “V de vendetta”(2006), con guión de Alan Moore e ilustraciones de David Lloyd, divulgada a lo largo de los años ochenta, donde se esboza un germinal Reino Unido postnuclear en la que un misterioso anarcoterrorista lucha por demoler al gobierno fascista de ese momento.

La icónica, y pionera, “Metrópolis” (1927), de Fritz Lang, se sitúa en lo más alto de la cinematografía distópica. Mastodónticas megaurbes con “ciudadanos” viviendo felices en sus rascacielos; en contraposición la clase obrera subsiste en el subsuelo, hasta que una angelical María surge para orientarlos. Figuradamente, hacia la libertad, pero,… en realidad… Una innegable pieza maestra, de visionado imprescindible, y referencia absoluta.

Y, como mención especial cabe destacar, la muy estimulante “Brazil” (1985), del cineasta británico Terry Gilliam. La cinta es un claro homenaje, de corte satírico, de la novela orwelliana “1984”. 


Conclusión


Después de muchos comentarios (y reflexiones) extraídos a través de conversaciones de la calle (aparentemente triviales), de lecturas varias y, sobre todo (en este último lustro), del ambiente que nos rodea, se pueden llegar a percibir claras muestras de estar, ya, inmersos en este tipo de sociedades.

Las llamadas democracias imperantes, en las que estamos indefectiblemente instalados, nos han despojado de los atributos propios (sagrados e inviolables) de la PERSONA, como son los siguientes: Libertad, Ética, Dignidad, Justicia, Individualidad, Verdad, Integridad y Humanidad. Por lo que, esta panoplia de colectividades enfermas y deformes, se caracterizan por rasgos, y calificaciones, tan concluyentes, y execrables, tal como: burocráticas, prepotentes, injustas, alienantes, “globalizadoras”, clasistas, discriminatorias, incompetentes, corruptas, liberticidas e inhumanas.
     
¿Qué opináis al respecto?


Santiago Peña


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miércoles, 1 de enero de 2014

SOBRE LA VERDAD


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La Verdad es lo Existente


El concepto de Verdad es la base fundamentadora de la propia Filosofía ¿Cómo se sabe si algo es cierto? ¿Qué es la Verdad? Posiblemente, en el devenir de la humanidad (y de todo lo circundante), la Verdad tiene, ha tenido y tendrá, un destino de persistencia y reafirmación de la Vida.


Proliferan infinitas mentiras pero solo existe una única Verdad

Las mentiras se difunden; las Verdades se ocultan. Las mentiras son “hijas bastardas”, e inexistentes, de la Verdad.

Las cosas son Verdaderas cuando son «íntegras»; fieles porque cumplen lo que dicen y, sobre todo, porque no varían en el tiempo. Por lo que, la Verdad, es la suma de hechos coherentes; dando lugar a la confirmación de un Todo único, inmutable y transcendente.

Preciso no errar al decidir si una seta es tóxica o no. Me exijo el no equivocarme al decidir si amo a una PERSONA o si, esa misma PERSONA, me ama “Verdaderamente”. La Verdad es una propiedad de nuestras reflexiones y discernimientos. Aparentemente la cuestión no suscita un insalvable “quebradero de cabeza”. Es Verdadera la aseveración que se acomoda a la realidad. “En este momento es de noche” es Verdad, si salgo a la calle y observo que es de noche. Pero la trama, irremediablemente, se trastoca; por este motivo multitud de PERSONAS repiten la célebre pregunta de Poncio Pilatos, magistrado de Judea, que dirigió al nazareno: “¿La Verdad; qué es la Verdad?”. Si alguien exclama “¡el aborto es un crimen!” y otra, “¡el aborto es un derecho de la mujer!”, ¿cómo sé cuál de estas dos aseveraciones es cierta? Si una PERSONA dogmatiza y otra niega la existencia de Dios, ¿cómo puedo resolver por una u otra sentencia?


La Verdad es Conocimiento

Vayámonos a los orígenes del pensamiento filosófico. He de convenir como Verídico todo aquello que se me brinda a una vivencia positiva, o a la reflexión, como indiscutible. “Lo que estoy escuchando, lo estoy escuchando”. Pero esta primera enunciación debe contrastarse con otra. “Lo que escucho con diáfana claridad puede ser censurado por una demostración más sólida”. Esto no es un contrasentido. Si se observa, sutilmente, el cielo nocturno, aceptaremos en decir que la Luna se mueve. Sale por el oeste y se pone por el este. Esta es una incontestable demostración puramente visual. Y, sin embargo, sabemos que no es exactamente así, sino que nosotros, junto con ella, también nos movemos. Esta convicción, que emana de rigurosas (y científicas) observaciones astronómicas, posee más fortaleza que la que nos aporta una simple contemplación sensorial.

Cuando padecemos la desagradable vivencia de lo incorrecto, de que hemos “errado el tiro”, tomamos conocimiento de que una certeza más sólida invalida la anterior. Esto hecho nos exige en tomar una determinación de un modo más preciso. La Verdad, desde la pura abstracción, es la conciliación de mi potencia mental con la realidad. Pero, desde lo concreto, la Verdad es la enunciación que posee un mayor grado de aprobación, de confirmación.

Por lo tanto, todo aquello que podamos demostrar como Verdad, estaremos confirmando su Validez. Las opiniones… solo son opiniones.


La Esencia de la Libertad es la Verdad

La Verdad como interpretación exclusiva, y única, de la realidad. Si es así podríamos decir, y sin temor a equivocarnos, que la esencia misma de la realidad define a la Verdad. Por lo que, cuando se vive en la Verdad, se está en el camino de alcanzar la Libertad.

Somos libres cuando disfrutamos plenamente del conocimiento de la realidad.



Santiago Peña


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domingo, 1 de diciembre de 2013

SOBRE LA TEMPLANZA Y… UN POCO MÁS ALLÁ


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La voluntad que crean las exaltaciones es la que accede a trocar en acciones nuestros pensamientos.

¿Por qué se apreció durante muchas centurias, y en gran medida, la Virtud de la Templanza? ¿No es una Virtud de puritanos incompetentes en deleitarse de la profusión y del desenfreno? El comedimiento parece castigarnos a la ordinariez. Hay en ella algo de tibieza, y nada menos que Dios dice en la Biblia: “te repudio porque no eres ni gélido ni ardiente”.

En este caso, como en otros tantos, el uso ha deformado las palabras, revertiéndolas en vagas y ambiguas. Para rescatar a la Templanza de su anodino actual significado (moderación en el comer y en el beber) alcanzaremos en pergeñar dos vocablos muy relacionados: temperatura y temperamento. Los dos proceden del verbo latín  “temperare”, que expresaba “benévola naturaleza”, “la proporcionada dosis o graduación de algo”... En muchos pueblos de la comunidad valenciana, cuando a una PERSONA se la considera de estampa equilibrada (tanto es el aspecto físico como de carácter), se le dice “templat” (templado). En el caso del clima, se refiere al tiempo no extremado, es decir, templado. Así mismo, en metalurgia, se define como el equilibrio resultante del acero tratado, entre dureza y elasticidad; la buena espada debe aportar reciedumbre, fuerza en el golpe y, a la vez, flexibilidad, para no resultar quebrada por el impacto. Los antiguos galenos suponían que nuestro cuerpo estaba reglado por cuatro humores: sanguíneo, flemático, melancólico y colérico; llamando temperamento a la mescolanza de los mismos. Cuando  en el ámbito de la psicología moral comenzó su manejo lo hizo mudando la palabra griega “sophrosyne”, representando la buena mesura de las exaltaciones. Por todo ello, el libro que rigió a lo largo de los postreros siglos la educación griega, la Ilíada, ya loaba esta Virtud reguladora. El argumento principal de la acción (de este universal relato épico) es la ira, la rabia desmesurada de Aquiles, y en el que, el anciano Néstor, señala de los infortunios que acarrea la destemplanza.

Por lo que, la PERSONA de carácter templado, ha de ser recio en el envite pero dúctil en el trato, cual caña de bambú: flexible ante la fuerza del contrario pero, persistente  durante todo el asalto.

Sin embargo, no olvidemos que, a toda acción de Amor y Misericordia, fluye una fuerte e innegable dosis de pasión. De las pasiones tomamos la energía para la acción. Sin ese arrebato, nuestra razón puede ser muy sagaz, pero es impedida, como han confirmado las disciplinas neurológicas. Si se escinden los vínculos neuronales del lóbulo frontal (razón) con el lóbulo límbico (pasión), la PERSONA afectada, conserva su capacidad de pensar incólume, pero es totalmente inhábil en la acción. La pasión es ansiada por su fuerza, pero terrible por su descontrol. La penosa labor de penetrar de inteligencia las pasiones – ¡no de inutilizarlas! – se le confió a la Virtud de la Templanza, también llamada Inteligencia Emocional.

Asimismo, la medida perfecta entre estos dos estados, la llamaremos Armonía.

Como síntesis a todo lo expuesto, y… dando un paso más allá (tanto desde una visión Metafísica, al igual que Cosmológica), diremos que:
  1. Cualquier proceso (o procesos), químico, físico, biológico,… etc. se rige por la Ley del Equilibrio.  
  2. Todo tiende, o debería de tender, hacia el punto medio; verdadero estado de gracia de la PERSONA, así como de la Naturaleza (Cosmos); a fin de cuentas, la anhelada Armonía.
  3. El resultado final, de cualquier evento, será cero. Por ejemplo: todo acontecimiento meteorológico se debe a una inestabilidad entre dos áreas adyacentes (se producen corrientes de aire por diferencias de presión y/o temperatura entre dos puntos) y no finaliza hasta que las dos zonas en cuestión acaben adoptando el mismo valor.



Conclusión


Todo el Universo (o los infinitos Universos que pueden, o pudieran, existir) tiende al equilibrio, es decir: al punto cero o reposo absoluto. Por lo que todo tipo de manifestación, (energética, psíquica, bioquímica,…etc.) que encarne la existencia de algo, es fruto del desequilibrio.

Por lo tanto, el día que el género humano (o el Universo) alcance la sublimidad habrá conseguido la mesura necesaria, es decir: su perfección implicará su desaparición.


¡Todo atisbo de movimiento,  o vibración, se habrán desvanecido y la Nada reinará en el reverso  del infinito!


¡No hay momento más supremo que la Quietud, estado permanente de la Contemplación; habremos alcanzado la ansiada Paz y, por ende, la absoluta Felicitad!


Santiago Peña


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