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El placer y el confort,
sin voluntad, son el umbral de la corrupción. El trabajo y el esfuerzo son el
principio del crecimiento integral. Todo edén es germen de un venidero caos; todo
desierto es causa de perfección. La obligación hace a la PERSONA. La estimula, la sublima y la predispone hacia cotas
superiores de espiritualidad. Nada se degrada y todo se enaltece. El ocio difuso, la pérdida de tiempo, la
indolencia, la pérdida de objetivos; de responsabilidades compartidas, nos
arroja en brazos del hastío, de la búsqueda de falsos caminos y,
inevitablemente, de vacuas "realidades".
La Espiritualidad como paradigma de la Libertad
La
búsqueda de algo que no conocemos; que no concebimos; de aquello que se
encuentra más allá de todo entendimiento, más allá de toda luz, más allá de
todo límite físico, o mental, es atisbo de humanidad; y superación de límites
materiales.
En
el fondo, seguimos siendo nómadas de nuestros propios destinos; unos viajeros
perpetuos. Amanuenses postreros; divinos montañeros de cumbres perdidas y de
cataratas advenedizas. Las últimas montañas de nuestras periclitadas vidas de
ningún modo las conquistaremos; jamás serán nuestras dulces amigas. A lo sumo,
unas extraviadas compañeras por falta de una desmedida pericia; para nada ajenas
y sí íntimas.
Todo
lo hostil se combate con las armas de la cotidianidad. El hábitat no dominado
deprime y se hacen necesarias nuevas salidas, nuevas rutas (para nada terrestres
o marítimas); plausiblemente divinas. A fin de cuentas, camaradas de vidas
prestadas e impuras. La pureza es principio y final de la luminosidad. Todo el
inmaculado recorrido denota perfección por sus excelsos destellos. Todo
amanecer es virginal; candidez ignota, preñada de una pulcra irradiación.
Pétalos de infinito color; auroras felinas y prometedor albor.
El Árbol del Conocimiento
Todo
deseo material es encarnación del mal y de la consabida pérdida de la inocencia
primordial. Todo principio solo puede tener un origen divino, y traspasarlo es
sinónimo de un despertar a la conciencia; el poder distinguir entre hacer lo
correcto, según nuestro propio criterio, y engendrar el mal es la constatación
del vacío, con una clara sensación de perdernos, irreversiblemente, en una
programada nada. Todo ello nos proyecta hacia una necesaria acumulación de
conocimiento, con el perverso, e inocente, objetivo de buscar cura ante una obsolescencia
programada. Todo método científico de mejora, o de alargamiento, de nuestras existencias
es parte esencial de anhelos inconfesos persistentemente ejecutados.
El Árbol de la Vida
La
Eternidad a través de la
descendencia. El ser conscientes de una vida más o menos efímera -todo proyecto
de vida está programado hasta cierto tiempo; siempre que lo cordura se mantenga
en su término- nos predispone a una búsqueda extenuante, y trágica, de una
imposible Inmortalidad. La misma nos
está vedada por ser humanidad; hijos de la divinidad. La rebeldía
materializada es un anhelo desesperado de Persistencia
que nos proyecta al infinito camino de una estéril longevidad. Causa y destino
último de todo nuestro devenir existencial. Todo principio de vida surge con el
obligado, y sagrado, cumplimiento de mantenerse. Todo acontecimiento, por
trágico que sea, no debe truncar el sagrado espíritu de permanencia. Somos
albaceas de futuras vidas y tenemos la sempiterna tarea de perpetuarnos. Este
principio rector es el que dota de sentido a infinidad de vidas humanas a
través de imperecederos árboles. Todos perennes; ninguno caduco. En definitiva:
muerte y vida; inframundo y cielo.
El libre albedrío
La
asunción de la propia soledad en el universo infinito. La toma de conciencia y
la posibilidad de poder escoger el camino de acuerdo a nuestra única, y exclusiva,
voluntad. Todo ello nos hace ser conscientes de lo que significa el Bien y el Mal. Desde la inocencia hasta el deseo de la obtención de
conocimiento. Desde el Bien, como
génesis de la humanidad, hasta el Mal,
encarnado en el ser pretendidamente autosuficiente. El despertar no nos hace
más humanos, simple, y llanamente, nos hace sabedores de nuestros defectos y limitaciones;
portadores de vicios y fracasos.
En
síntesis, los Árboles del Conocimiento y de la Vida, son lo mismo y uno. Son
la raíz, el tronco y las ramas; que unen materia y espíritu; y es el Árbol
Cósmico que enlaza la tierra con el cielo. Los dos representan el
despertar de la humanidad, la pérdida de la inocencia, la toma de conciencia y
el poder de decidir por sí mismos. El Libre Albedrío es su manifiesta
consecuencia: La Expulsión de Edén (o Paraíso Terrenal) es prueba palpable
de una clara distinción entre lo que se entiende por Hacer el Bien o Cometer
el Mal. En el momento que la humanidad abandonó el Paraíso Terrenal
(expulsión divina) adquirió plena libertad y fue consciente de su inmensa
soledad en un infinito espacio tiempo (trayectoria vital) para nada entendible
e inabarcable. Lo que no se entiende es la divina potestad; el resto de nuestros
congéneres es lo que entendemos por humanidad.
La libre voluntad como umbral de la culpabilidad
La
plena libertad de poder ejercer la voluntad como principio de la culpabilidad.
El poder de la voluntad nos induce al pecado. En cambio, el culto al Dios
supremo, siguiendo estrictamente sus enseñanzas y mandamientos, exime de culpa
al fiel creyente. Todo acto brutal, realizado en nombre de la divinidad, es
motivo de un "comprensible"
perdón. El crimen es bendecido y ensalzado. No existe la libertad de conciencia
sino la ciega obediencia sin motivo de arrepentimiento y ensalzado por el resto
de fervorosos, y sumisos, devotos.
La
fundamentación del quehacer existencial en una religiosidad que nos encorseta y
limita el albedrío. Toda "protección"
implica renunciar a la libertad. Todo acto de fe es el suicidio de la
voluntad. De nuestra íntima, y emancipada, voluntad. Se pasa del noble
estatus de soberano al de pusilánime servidor. Es necesario recordar que
nacimos para ser libres y no esclavos. El esclavismo va y viene; jamás se ha
ido. Desde el mismo origen de la humanidad, el demandar protección (física o
espiritual) conlleva, irremisiblemente, sacrificar total, o parcialmente,
nuestra preciada libertad.
Eso
sí: nuestro pensamiento es tan inmortal que, a pesar de nuestras innatas limitaciones,
transcendemos. Por ello, lo divino es creación de una portentosa humanidad. Como
muestra tenemos el caso de las tres Pirámides de Guiza: su excepcional universalidad, o su relevancia histórica, no se deben a sus
majestuosas, e inconmensurables, presencias,
sino al supremo hecho de su realización. ¡Qué
espíritu inspiró tal magnificencia; qué fuerza motriz materializó tremenda tarea!
¡Los actos son eternos!
Santiago Peña
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